Alejandro lo serás tú...
Pequeñajo, moreno, engreído y con cara de pocos amigos. Ese era Alejandro.
Se dedicaba a sembrar discordia exagerando hasta la parodia aquellos brotes verdosos que de vez en cuando surgían de su cerebro y que él confundía con sus ideas.
Disparaba verbalmente contra todo lo que se moviese y usaba para ello artillería pesada. Su oratoria espesa y maloliente, grosera, grumosa...
Conseguía, con bastante facilidad, elevar el tono de sus contertulios, acalorarlos, sacarlos de sus casillas. Había alcanzado tal precisión en estos menesteres que algunos, más listos que él, se aprovechaban de Alejandro usándolo como arma arrojadiza con la que lacerar a sus enemigos sin mancharse en exceso y sobre todo sin castigar sus gaznates con un montón de hiriente bazofia verbal.
Aquella tarde un tipo alto, repeinado y guapo por convicción entró en la tienda de Biblias, relicarios y exvotos de cera y se dirigió al hombre que estaba tras el mostrador.
¿Es usted Alejandro?, pregunto esgrimiendo una sonrisa cortante.
El pequeño, moreno, engreído y con cara de pocos amigos levantó la vista del brazo de cera que estaba manipulando sobre el mostrador. La fijó sobre la cara impolutamente afeitada de su interlocutor y le espetó: Alejandro lo serás tú..., cabrón.
Se dedicaba a sembrar discordia exagerando hasta la parodia aquellos brotes verdosos que de vez en cuando surgían de su cerebro y que él confundía con sus ideas.
Disparaba verbalmente contra todo lo que se moviese y usaba para ello artillería pesada. Su oratoria espesa y maloliente, grosera, grumosa...
Conseguía, con bastante facilidad, elevar el tono de sus contertulios, acalorarlos, sacarlos de sus casillas. Había alcanzado tal precisión en estos menesteres que algunos, más listos que él, se aprovechaban de Alejandro usándolo como arma arrojadiza con la que lacerar a sus enemigos sin mancharse en exceso y sobre todo sin castigar sus gaznates con un montón de hiriente bazofia verbal.
Aquella tarde un tipo alto, repeinado y guapo por convicción entró en la tienda de Biblias, relicarios y exvotos de cera y se dirigió al hombre que estaba tras el mostrador.¿Es usted Alejandro?, pregunto esgrimiendo una sonrisa cortante.
El pequeño, moreno, engreído y con cara de pocos amigos levantó la vista del brazo de cera que estaba manipulando sobre el mostrador. La fijó sobre la cara impolutamente afeitada de su interlocutor y le espetó: Alejandro lo serás tú..., cabrón.