Cuando me di cuenta de que andaba caminando en círculo ya debía hacer por lo menos una hora que había dejado el auto.
Nunca debí meterme en este maldito bosque, pensé.
Un hombre de ciudad está preparado para la jungla de asfalto no para esto y yo soy de ciudad.
El motivo de que estuviese metido en aquel bosque espeso en noche cerrada era difuso. Cuando María salió yo estaba medio adormilado, el debate televisivo se tornó insufrible y soporífero. Recuerdo vagamente como ella me explicó atropelladamente que tenía que salir. Una hora más tarde el sonido estridente de mi teléfono móvil me sacó del sueño para meterme en la pesadilla. La voz entrecortada de María suplicaba entre lamentos que fuese a buscarla: ... en el pinar, el pinar del Olvido..., me quedo sin batería ven, por favor...
El pinar del Olvido es un pequeño bosque bordeado por una autopista, pero lo suficientemente extenso como para que un profano algo estúpido como yo se pierda sin remisión.
Cogí las llaves y salí disparado. Los ojos fijos en los límites del bosque, topando con el muro de vegetación, pero nada, ni una señal de María ni de su coche.
Nervioso decidí tomar una salida e intername en el bosque, de eso hacía ya más de una hora...
Intenté inútilmente ponerme en contacto con María por medio del móvil, evidentemente se había quedado sin batería, entonces empecé a gritar su nombre como un poseso mientras caminaba siguiendo torpemente el haz de la linterna que traje conmigo. Nada.
Asustado y extenuado consulté el reloj, era más de media noche así que intenté calmarme y regresar a mi auto. Cambié de opinión media hora después, tras haberme caído un par de veces por culpa de las ramas que llenaban el suelo y que semienterradas resultaban muy difíciles de ver.
Definitivamente no podía hacer nada por el momento, me arrebuje en un rincón y llamé al teléfono de emergencias. Me daba mucha vergüenza, la verdad,
-...sí, en el pinar del Olvido..., sí buscando a una mujer..., no, no la he encontrado..., sí, sí estoy perfectamente..., gracias..., esperaré...

Ya comenzaban a despuntar los primeros rayos de sol cuando el aliento de un perro me sacó de mi estado de vigilia detrás del can cuatro hombres enfundados en buzos fosforescentes.
-¿Manuel Díaz?. -asentí.
-El mismo, gracias a Dios.
-¿Se encuentra bien?.
-Sí un poco asustado..., ¿ha localizado a la mujer de la que les hablé?.
-¿Mujer?..., supongo que se refiere a la mujer que nos llamó para comunicarnos su desaparición hace cuatro días...
-¿Cuatro días?.
-Sí, y ha vuelto usted a nacer porque nada nos hacía sospechar que se hubiese usted desplazado casi mil kilómetros desde su hogar para internarse en uno de los bosques más extensos del país. La casualidad ha querido que se comenzase el rodaje de un spot publicitario en estos parajes y el helicóptero de la productora descubrió su auto en medio del bosque entonces nos llamaron.
-Pero... ¿qué está diciendo?..., ¿de qué me habla?... yo salí anoche de casa para buscar a María que me llamó asustada pidiéndome ayuda y no pude dar con ella ni con mi auto así que les llamé a ustedes anoche a eso de la una y media diciéndoles que estaba en el pinar del Olvido y que me encontraba perdido.
-Me temo Manuel que está usted algo confundido, no se asuste, es normal teniendo en cuenta su estado. Lo verá todo más claro después de una buena ducha y un buen plato caliente.
-Sólo dígame..., ¿cómo dijo que llama este bosque?.
-No se lo dije porque no tiene ningún nombre particular, al menos que yo sepa, en cuanto al pinar del Olvido..., en fin, no lo he oído jamás.